Los que me visitan

miércoles, 29 de marzo de 2017

China

Todos sienten curiosidad por el Oriente. Llegué a Beijing con esa sensación y, lo primero que hice fue visitar la plaza Tian an Men, la más extensa del mundo y dónde está el mausuleo de Mao. Este fue mi primer encuentro con aquel pueblo milenario. A La mañana siguiente, fue el turno de La Gran Muralla, una estructura que serpentea a través de las montañas. Mientras la recorría, pensaba en la gente y tiempo que tomó su construcción. Sentí expectación por la Ciudad Prohíbida, la misma del Último Emperador. Un conjunto que hace varias hectáreas de patios y edificios encerrados en altas murallas en mitad de la ciudad. También vale la pena el Palacio de Verano y el Templo del Cielo, otras atracciones de la ciudad. En avión llegué a Xian, ciudad de siete millones de habitantes e incrustada en el centro del país. Adquirió importancia luego de que un campesino analfabeto descubriera a los Guerreros de Terracota. Tumba custodiada por cientos de esculturas en tamaño natural y que representan un ejército de guerreros que pertenecen a diferentes armas y rangos. Hasta ya han desenterrado al estado mayor. Un espectáculo descubierto hace no más de veinticinco años y considerado ya una de las maravillas del mundo. Shangai es la ciudad más grande de China y su centro comercial. Cautivan sus rascacielos que compiten con los de Nueva York. Una ciudad moderna y con un aquarium que no se puede dejar de visitar. Suban a la Perla Oriental y disfruten del paisaje. Guangzhou es la capital de Canton con diez millones de habitantes. Cuna del padre de la actual República China, el fundador del Kuomingtang: Sun - Yat - Sen. Tiene una estatua y un anfiteatro erigidos en su honor y dónde se realizan actos públicos. Abordé un aliscafo que remontó el Río de las Perlas hasta Hong Kong. Territorio especial que aún guarda ciertos privilegios por haber sido colonia inglesa. Allí tuve la oportunidad de subir al monte Victoria y contemplar una de las bahías más lindas del mundo. Mi impresión de este viaje fue haberme encontrado con una cultura sabia y milenaria y de un poderío tal, que tarde o temprano terminará siendo la primera potencia del mundo. Saludos.

martes, 14 de marzo de 2017

Una Educación para el siglo XXI

Siguiendo con mi línea de pensamiento, quiero  reflexionar sobre la educación que reciben nuestros hijos. En esta materia hay avances importantes, pero aún falta establecer un sistema educativo que de verdad desarrolle la capacidad de razonamiento de los alumnos. En mis años de universidad, los profesores centraban su clase en la transmisión de datos que luego debíamos memorizar, pero sentí que no había real interés en transmitir la correcta comprensión de lo que recitábamos. Las escuelas preparan ( al menos en mi país ) a sus alumnos para rendir con éxito una prueba de acceso a la universidad y no apuntan al desarrollo integral del futuro ciudadano. Las universidades "fabrican" técnicos en áreas acotadas y a estos solo les interesa ganar dinero lo antes posible. Está fuera de  la enseñanza las preguntas primas e, incluso, las leyes más básicas de las respectivas ciencias y especialidades. Vuelvo a sostener la tesis de que para el correcto y "sustentable" desarrollo del ser humano deben ir en equilibrio la ciencia y la moral. Sosteniéndome en esta tesis,  pienso que debe cambiar el sistema educativo en el sentido de que más que preparar a los jóvenes para recibir conocimiento de forma estática, debemos entrenarlos para resolver problemas de forma activa. La educación debe centrarse en el correcto razonamiento más que en la transmisión de conocimiento abstracto que no siempre es útil en la vida cotidiana. La información está en todas partes (internet, libros, etc) y por lo tanto no tiene sentido transmitirla cómo algo que hay que memorizar. Hay que incentivar la curiosidad y la habilidad para buscarla en el lugar correcto. Es por lo anterior que reivindico la vuelta a la Filosofía clásica y a las preguntas primas. Se necesita con urgencia el retorno del método socrático y utilizarlo desde un comienzo con los niños que recién ingresan al sistema. A mi juicio esta es la única manera de que el hombre comprenda el lugar que le cabe en el universo. Con la sola ciencia y tecnología no resolveremos todos los problemas que enfrentará el hombre en el futuro. Estamos lejos del entorno que rodeaba a la "Academia", pero aún así,   lo que hoy llamamos "Universidad" no da una visión global e integral de lo que es el "Universo". La especialización indiscriminada produce un efecto negativo que es la pérdida de una comprensión integral de lo que es el hombre y la realidad. Sostengo que solo la Filosofía pura va a salvar al hombre de lo que tal vez sea su extinción. Hay que educar para incentivar a pensar e investigar,  para tener tolerancia a la frustración y ser perseverantes. No es necesaria la memorización  cómo método educativo.  El hombre de hoy tiene que prepararse no solo para resolver problemas matemáticos si no que para enfrentar la vida en su conjunto. La educación del futuro siglo debe centrarse en un entrenamiento constante de la mente para enfrentar la existencia de  forma sana y correcta. Saludos.

viernes, 25 de noviembre de 2016

El liquidador de seguros

La habitación está oscura, aunque casi es mediodía. Las cortinas están cerradas y son azul marino. Las eligieron de ese color, precisamente, para evitar que entre luz por las ventanas. Así le gusta a don Alberto Ruíz, además, quiere la puerta con pestillo y la llave en el cerrojo. El cuarto guarda espejos, porcelanas y añosos muebles de madera: sillas, armarios y cajoneras conseguidos hace tiempo con algún anticuario. Los remates de antigüedades fueron el pasatiempo con que don Alberto ocupaba sus fines de semana, pero ya no va a ninguno - ¡¿para qué?! -, hoy solo anhela esconderse de la gente. No le gustan las personas; sin embargo, es inevitable que de vez en cuando venga alguien. - ¡Te apuesto que es por plata! -, dice sin pelos en la lengua y casi siempre tiene razón. Vive con Renata, su hija cuarentona y que no sale con nadie. Es la única persona (junto con la señora del aseo, tres veces por semana) que entra en esa pieza. El viejo también tuvo dos hijos, pero formaron sus familias y se marcharon. Nunca volvieron y a ninguno le interesa la salud de su padre pues ni siquiera lo llaman. El anciano nada más les dio lo indispensable - ¡el resto tendrán que ganárselo! -, le comentaba siempre a su fallecida esposa, Josefina Arizmendi. Alberto Ruíz bordea los ochenta años y sabe que su vida termina. Está enfermo y no mejorará. A su cuerpo lo consume la diabetes y tanto, que tuvieron que amputarle el pie izquierdo hasta el empeine meses atrás porque se cortó una uña e hirió un dedo que jamás cicatrizó.Al viejo, y sin saber por qué, de repente se le ocurre esa mañana pedirle a Renata que revise documentos guardados en las cajoneras. Entre ellos, aparece una póliza. Un seguro contratado en una compañía que nadie conoce. - ¡¿Qué extraño, ¡¿cuándo firmé esto?! -, intenta recordar el anciano al lado de su hija. Es un documento escrito a mano, con un timbre notarial en su costado superior derecho. Ambos leen y advierten extrañados que es un seguro contra la tristeza. Por una sola prima asegura la felicidad y; ahora la vida para don Alberto es complicada. Según la póliza, tiene derecho a una indemnización. “SEGUROS VIDA PLENA” dice el papel y buscan ese nombre en las páginas amarillas. No lo encuentran; sin embargo, la parte inferior lleva impreso, en caracteres pequeños, lo que parece un número de teléfono. Allí llama Renata y, para su sorpresa, contesta la suave voz de una mujer. Renata explica que su padre está solo y enfermo. La voz pregunta por la dirección y dice que enviará de inmediato un liquidador.No pasan veinte minutos y suena el timbre. Renata salta de su asiento. Corre sin detenerse hasta la entrada y abre el portón. Ante ella, aparece un hombre de metro noventa por lo menos. Su cuerpo es atlético y su tez morena, usa un sombrero negro. Lo combina con zapatos bien lustrados y un terno a dos botones del mismo color, camisa blanca y una ancha corbata roja. De su mano derecha cuelga un maletín de cuero atiborrado de papeles. - ¡Dios mío, qué buen mozo – piensa Renata sin disimular que lo observa de arriba abajo -, si parece un gentleman inglés! -.-        ¿La casa de don Alberto Ruíz? – pregunta el hombre.
-        Sí – contesta Renata -, soy su hija.
Es una voz grave y cómo de frecuencia modulada. Al escucharlo, Renata siente que una corriente eléctrica se apodera de su cuerpo. Se hace a un costado y deja pasar a la visita al tiempo que intenta alisar su cabello. No recuerda atracción semejante por un hombre alguna vez. Entran en la casa y la mujer enciende las luces de un corredor sin ventanas que termina en la habitación de su padre. Luego, juntos caminan entre espejos, candelabros y muebles con aroma a vetustez. Por su parte, don Alberto, y a pesar de la reunión, no quiso levantarse. Desde su cama ve a Renata abrir la puerta y a un hombre dirigirse hasta su lado. Estrechan sus manos; no obstante, el visitante lo hace con cuidado pues se encuentra frente a una persona enferma.-        ¿Quieren tomar algo? – pregunta Renata.
-        ¡Sí – interviene el viejo con energía -, trae dos cafés y déjanos a solas! –. Su hija obedece en silencio y cierra la puerta.
El hombre mira a su alrededor y encuentra una silla al costado de la cama. La toma y, sin dudarlo, la arrastra hasta sí. Se sienta y se saca el sombrero dejándolo en el suelo. Coloca el maletín sobre sus rodillas. De su interior, extrae una carpeta amarilla en cuya tapa se lee, claramente y en letras negras, las palabras “Don Alberto Ruiz”. El viejo observa y frunce el ceño - ¡¿qué son estos papeles, ¡¿qué tienen que ver conmigo?! -. El visitante abre la carpeta y con lentitud despliega un documento. Mira a don Alberto esbozando una sonrisa mientras introduce una de sus manos en el bolsillo interior de su chaqueta para tomar una lapicera con la silueta inconfundible de la marca Mont Blanc.-        Bien don Alberto – dice el hombre -, ahora nos ocuparemos de su caso.
-        ¡Sí, pero antes quisiera saber su nombre! – exclama el viejo.
-        William. Mi nombre es William.
¡Extraño nombre, su cara me es familiar ...! -, piensa el anciano. Hace memoria y se remonta hasta sus más tempranos años. No recuerda nada, ni siquiera haber visto ese papel. Sin embargo, estudia la firma con atención y concluye que no es falsificada.-        Perdón William – dice don Alberto -, pero no recuerdo este papel.
-        No se preocupe – contesta el hombre -, a todos se les olvida. La póliza fue firmada hace cincuenta años. La época dorada de la compañía, en ese tiempo elegía con pinza a sus clientes. ¡Si usted lo tenía todo para ser feliz!
El anciano calla y su rostro palidece. - ¡¿Quién es este sujeto para hacer un comentario semejante?! -. Don Alberto quiere coger su bastón y levantarse, pero no puede y debe conformarse con seguir en cama. Está a punto de llamar a Renata pues el tipo empieza a angustiarlo. No obstante, y ya con el dedo en el citó fono, algo lo contiene.-        ¡¿Quién es usted, qué significan estos papeles?! – exclama el viejo.
-        Cálmese – contesta el hombre sin mover un músculo de su rostro -, por favor cálmese.
William deja la carpeta junto al sombrero y se levanta para caminar a un costado de la habitación. Don Alberto, mientras tanto, expresa en su rostro una mezcla de rabia y curiosidad. Primero piensa en sacar al tipo de la casa, pero después se acuerda del dinero. El visitante espera quieto hasta que retorna la cordura y luego se acerca de nuevo a la silla, pero esta vez no se sienta y solo afirma las manos en el respaldo. Lo observa todo y nada al mismo tiempo, domina su oficio y las pataletas no son nuevas para él. El paseo no es más que una táctica para calmar a sus clientes.-        Usted conoció a su mujer mientras estudiaba derecho, ¿no es así? – dice de repente William -. Disculpe don Alberto, pero debo preguntarle. ¿Se casó con ella por amor o porque su padre era un eminente juez y profesor?
-        ¡¿Pero quién se cree usted que es – contesta furioso el viejo -, con qué derecho me hace esa pregunta?!
-        Lo siento, es mi trabajo.
-        ¡¿De qué trabajo me habla? ¡Usted vino a pagarme el dinero que me corresponde según la póliza!
William no contesta. Vuelve a alejarse de la silla hacia un jarrón decorado con motivos chinos y puesto encima de un pedestal hecho con madera oscura. Después se dirige hacia una de las ventanas y palpa sus cortinas de seda. Don Alberto lo sigue con la mirada - ¡¿qué quiere este huevón, revisar todas mis cosas?! -, pero a pesar de su molestia es incapaz de pedir ayuda. La situación lo sobrepasa y William tiene razón. Se casó con doña Josefina por interés no obstante que nadie se atrevió a insinuarlo frente a él alguna vez. Don Alberto se rinde y se deja llevar por la habilidad de William.-        Don Alberto – dice William desde la ventana -, ¿leyó usted la cláusula octava del contrato?
-        No recuerdo – contesta el viejo.
-        Dice que, si la tristeza del asegurado es atribuible a un hecho o culpa suya, no recibirá indemnización. Siempre es así, son las personas arquitectos de su destino y responsables por su amargura. No creo que usted sea la excepción.
El comentario flota en un ambiente enrarecido. La puerta se abre sin golpes y Renata entra con una bandeja en sus manos. Trae un par de tazas, un azucarero y un jarro con agua caliente. Con los ojos iluminados y su rostro sonrojado, sonríe al tiempo que mira al visitante. Coloca la bandeja sobre el velador y prepara café sin dejar de observar a William. Después se acerca al hombre y le entrega la taza procurando rozar sus dedos. Lo logra y palpa sus poros y vellos. Su interior se humedece, pero debe volver al velador y preparar otro café para su padre.-        ¿Se les ofrece algo más? – pregunta Renata.
-        No – dice el viejo -, déjanos solos y que nadie moleste.
Don Alberto habla con dureza y la mujer obedece con un dejo de melancolía. Camina hasta la puerta y, bajo el umbral, vuelve a mirar a William con los ojos enrojecidos. Llama al macho suplicando protección; sin embargo, no le queda más que cerrar la puerta con suavidad para lograr un sonido perfecto de la chapa.-        ¡Bien - dice don Alberto una vez que Renata sale -, ahora podemos seguir con nuestro asunto! ¿Para qué tanta pregunta, me va a pagar o no?!
El hombre larga una carcajada al mismo tiempo que deja la taza de café sobre la bandeja sin probarlo. En silencio retorna a la cortina y la abre para observar la calle a través de la ventana. Ve como el sol ilumina el día.-        Las cosas no son tan simples – dice William sin despegar los ojos de la calle -, antes debo averiguar un par de cosas.
-        ¡¿Qué cosas?!
-        Primero necesito saber si usted se casó por amor o interés.
-        ¡¿Qué importancia tiene eso?!
-        Si no contesta tendré que retirarme.
-        ¡Por amor – grita el anciano -, por supuesto que lo hice por amor!
William corre la cortina y algo de luz entra en la habitación. Luego incrusta la mirada en una lámpara con lágrimas de cristal que cuelga del techo. Guarda silencio y su rostro no cambia la expresión. Hace sentir al viejo un mentiroso y en verdad lo es, pero no admitiría ante un extraño que se casó por dinero y que, además, guarda una fortuna en el extranjero.-        ¿Y sus hijos don Alberto, se fueron porque usted los quiso mucho?
-        ¡Si no estuviera inválido, te saco la cresta desgraciado! –exclama con ira el viejo.
-        Es muy simple, si usted me lo pide, me voy.
-        ¡¿Y el dinero?!
-        Ah, le interesa el dinero.
William regresa a la silla y se sienta colocando de nuevo el maletín sobre sus rodillas. Escribe, cabizbajo y concentrado, garabatos ilegibles en el mismo documento que había desplegado en un comienzo. Don Alberto, lívido, observa con sus ojos llenos de asco y rabia. A estas alturas, desea nada más que el tipo se marche y lo deje en paz. Por ningún motivo quiere seguir escuchando sus preguntas. Es un hombre avaro y ambicioso que aguanta todo por dinero, pero también la codicia tiene un límite.-        William – dice el viejo después de un incómodo silencio -, tuve dos hijos mediocres y malagradecidos. Intenté educarlos bien y por eso les di poco. ¿Quiere saber, además, si coopero con el Hogar de Cristo? No me interesa lo que piensen otras personas, usted no es quién para juzgarme. Ya no me importa su dinero y quiero que se vaya.
-        ¡Cómo usted desee don Alberto! – contesta William -, aunque usted me ha caído bien y he conocido casos peores que el suyo. Mi informe no será tan negativo. Volveré mañana con un cheque. No va a ser mucho, pero peor es nada.
Don Alberto calla y mira el techo. William abre su maletín y comienza a guardar los documentos, sin embargo, algunos vuelan al piso y tiene que agacharse para recogerlos uno a uno. Luego vuelve a meter el lápiz en su chaqueta. La visita se pone de pie y estira su mano para despedirse, pero el viejo no despega los ojos del techo. De improviso, toma el citófono y llama a Renata. Transcurren pocos segundos para que esta aparezca. Trae cara de pregunta y se tranquiliza al ver que su padre está bien. Triste y melancólico, pero bien.-        ¡El caballero se va! – dice don Alberto.
-        Muy bien papá.
William vuelve a acomodarse el sombrero en su cabeza y camina hacia la puerta. Pasa cerca de Renata y la roza a propósito. Esta se da cuenta y abre los ojos. Siguen por el corredor uno junto al otro procurando el roce de sus manos. Ya en la entrada, William acaricia una de las mejillas de la mujer y después pasa la yema de su dedo índice por sus labios. Renata se siente cortejada. Con los ojos cerrados espera que él bese su boca, pero aquello no acontece. El hombre retira su mano sin alejar la mirada de su rostro.-        Mañana volveré – dice William.
Ella no es capaz de despedirse y, desde la puerta, solo ve cómo William abre la reja y sale a la calle. Aparenta más altura con el sombrero puesto. Deja a Renata suspirando y con la incertidumbre de si volvería al día siguiente.

El timbre suena a la misma hora. Renata sabe que es él y corre hasta el portón. Llega William tal como lo había prometido. Viste igual y trae de nuevo el sombrero puesto. Ella se queda quieta y contemplando un traje que parece más elegante a pesar de ser el mismo. Ayer el clima estuvo idéntico, pero Renata no se percató. Hace tiempo que lluvia o sol es indiferente para ella, sin embargo, hoy ve llegar la primavera y quiere ser parte de algo que jamás ha conocido.-        Te dije que volvería – dice William.
Ella sueña con un beso, pero William solo acaricia su mejilla y desde lejos - ¡¿qué tengo, por qué no me da un beso?! -. Parece un signo de rechazo, pero Renata opta por no angustiarse pues aún sin besos es hermoso. Entran en la casa y recorren el corredor. La mujer abre la puerta del cuarto y el viejo sigue en cama. William se acerca no intentando saludar. Atrae hasta sí la silla y se sienta cruzando las piernas. Esta vez no trae maletín y coloca el sombrero sobre sus rodillas. Espera a que hable don Alberto puesto que tiene claro que su presencia no es bienvenida.-        ¿Trajo el cheque? – pregunta el viejo.
William no contesta, introduce la mano derecha en su chaqueta y saca un papel doblado. Don Alberto recibe el documento y lo revisa. Es un cheque del Banco Estado y por una no despreciable cantidad. El viejo comienza a reír como un niño y mira los ojos del visitante dando a entender que todo está bien. Es tiempo de que William se vaya y ojalá que para siempre.-        ¿Eso es todo – pregunta don Alberto -, tengo que firmar algo?
-        No, eso es todo.
-        Pues bien, usted conoce la salida.
-        Si, no se preocupe. Fue un placer conocerlo.
William se levanta y vuelve a colocar la silla en su lugar. Se acomoda el sombrero y, sin mirar atrás, camina hacia la puerta. Se marcha para no volver jamás, pero en ese instante, el anciano levanta el torso como si quisiera decir algo. William se da cuenta y se detiene para escuchar.-        ¡William, no recuerdo haber firmado este papel! – dice don Alberto.
-        Usted firmó días después de que le presentaran a su mujer. Al momento de saber quién era su padre. Se lo comentó a un amigo mientras tomaban cerveza en un restaurant, ¿no es verdad?
-        Sí, al pelado Larraín. Le dije que haría cualquier cosa por casarme con esa mujer. ¡Espere…! esa misma noche soñé que un extraño venía a visitarme y, parado ahí dónde está usted, me mostró un papel. ¡Me dijo que si lo firmaba me casaría con Josefina!
-        ¡Tuve la suerte de escuchar ese comentario al tiempo que almorzaba en la mesa de al lado – dice William -, después fui yo quien vino a verlo esa noche!  ¡No fue un sueño!
Don Alberto empieza a recordar y sus dudas se disipan. Mira una vez más a William y comprende porqué su rostro le es familiar. Reconoce al hombre del sueño pues lo tuvo vívido por años en su memoria. Después pasa el tiempo y decide borrarlo de su mente. - ¡¿cómo puede ser, si fue tan solo un sueño y hace tantos años?! -. El hombre no ha envejecido y viste con la misma ropa. No hay canas en su cabello.-        ¡Por favor dígame, ¿quién es usted?! – pregunta angustiado don Alberto.
-        ¿Yo?, tan solo un humilde agente de la compañía. Un simple liquidador de seguros.
William no espera y sale dejando al anciano maldiciendo. Busca a Renata y juntos caminan hasta el portón. Él no suelta su cintura y ella entiende que se va, tal vez para siempre. La mujer se aferra a su cuello mientras el hombre abre el portón con dificultad. Después la aparta y saca un papel de su chaqueta. Lo entrega en silencio y sale a la calle. Renata espera a que William desaparezca por la esquina - ¡Dios mío, daría cualquier cosa porque ese hombre me tomara! -. Solo entonces se preocupa del papel. Al igual que la póliza, está escrito a mano.“Acuéstate y duerme temprano hoy. Intenta soñar conmigo pues vendré apenas la Luna esté en lo alto. No temas que cumpliré con mi promesa.
                                                                                Te quiere William”.






Poesía

“El hombre imaginario vive en una mansión imaginaria rodeada de árboles imaginarios a la orilla de un río imaginario.”

Nicanor Parra


Se me sale el alma del cuerpo cada vez que se pierde o no lo tengo ante mis ojos. Por fortuna, eso no ocurre muy seguido pues lo cuido como si fuera un tesoro.

Toco el cielo con cada una de sus páginas. Repito sus versos en voz alta casi todos los días a cualquier hora y en cualquier lugar. 

A veces lo hago delante de la gente y no me importa que miren o me crean loco. No puedo dejar de leer a pesar de que he querido hacerlo en tantas ocasiones, pero necesito de este libro como si fuera el aire que respiro.

Lo llevo a todos lados debajo del brazo y no pido más para estar en paz. Es por eso que cuándo no lo tengo a mi lado lo busco y lo encuentro enseguida. Luego, palpo su cubierta y también sus hojas ya un tanto amarillentas por el transcurso de los años. Después releo sus poemas una y otra vez y sin querer me invaden nuevas sensaciones. Una misma palabra o quizás un mismo verso cobra sentido diferente con cada lectura.

Debe ser ese algo distinto que tiene la poesía. Es curioso que esto me ocurra solo con este libro y no sé por qué es imperioso tenerlo entre mis manos. Sentir su olor y la textura del papel. Hay veces que me asusto y quiero pensar que es solo un libro. Puedo comprar otro o leer otros versos, sin embargo nada más en sus poemas me cobija la calma.

Son las nueve y el metro está repleto. Casi todos están de pie y algunos se miran las caras. Otros, ensimismados, colocan sus rostros con dirección al piso. Nadie sonríe.

 Es la misma tristeza y ansiedad de todas las mañanas. Por suerte, encuentro un asiento junto a la ventana y corro para que nadie me lo quite. Al lado se encuentra una mujer de pelo negro con un niño en sus brazos.

El tren pasa por un túnel y aún falta para la próxima estación. Decido abrir mi libro en la página cuarenta y aprovechar el tiempo antes de llegar a la oficina. A mi alrededor, se dan cuenta que leo poemas. Unos miran raro y otros con indiferencia. No faltan los que expresan con el rostro su desprecio. Me dan risa, hay veces que recito en voz alta solo para molestarlos. Me gusta ser parte del club de los incomprendidos. El niño coloca sus manos sobre el libro y comienza a jugar al tiempo que sonríe. Su madre intenta sujetarlo y le dice que se quede quieto, luego me pide perdón con un gesto de su cara. Al parecer, la mujer también lee el libro por sobre mi hombro. No me molesta, es más, me hace sentir bien. Noto que se iluminan sus ojos, ya no es fácil encontrar gente que sienta la poesía. ¿Por qué nadie se da cuenta de lo importante que es un verso en nuestras vidas?

-                 ¿Quién es el autor de esos poemas? -pregunta la mujer.


-         No importa quién los haya escrito – contesto -, sino qué sientes al leerlos.


Es una mujer de piel morena y estatura baja. Usa el pelo corto y crespo como una enredadera. Es una mujer poco agraciada, pero hay algo en su sonrisa. Su hijo también tiene el pelo oscuro y sus ojos son pardos. No tiene más de dos años y heredó la misma sonrisa de su madre. Casi no he cruzado palabra con ellos, pero me caen bien. La gente se apiña en el vagón, sin embargo, solo ellos me interesan. Me doy cuenta que ella quiere tomar el libro y no dudo entregárselo en sus manos. Aquella sonrisa me provoca una confianza que rara vez he sentido. Comienza a ojearlo desde la primera hoja y es así cómo debe hacerse con todos los libros. Pienso que sabe algo de poesía, quizás no soy el único poeta en el mundo. El tren se detiene y ella me devuelve el libro con premura, después toma a su hijo y se levanta del asiento. No alcanzo a decirle nada, se despide moviendo los dedos de su mano derecha justo en el instante que se ilumina la estación. Corre hacia la puerta y baja sin mirar atrás.

Me gustaría volver a verla y prestarle un libro de poesía.

La gente entra y sale, parecen hormigas. No pasa un minuto, las puertas vuelven a cerrarse y el tren reanuda su marcha. La mujer y el niño no están, siento un vacío aunque otro ocupe el lugar.  Es un hombre de rasgos normales, tiene barriga y canas. Ambos nos observamos. Me doy cuenta que es de aquellas personas indiferentes a la poesía. Lee la tapa del libro y despega la mirada. Imagino que no le interesa pues, cabizbajo, se queda con los ojos perdidos en el piso. No le presto más atención y entiendo que estoy solo. Yo y mi libro, es lo único importante. Debo bajar y no podré leer hasta la tarde. Guardo el libro con tristeza en mi bolsillo - ¿y si yo decidiera ser poeta? -, me pregunto. No me queda más que despertar al tipo de un codazo para ir a la puerta. Me levanto y el hombre recoge sus piernas para dejarme pasar. Se mueve de mala gana y con su rostro, además de un garabato en voz baja, manifiesta su molestia. Todos se amontonan. 

Son autómatas, apenas se abren las puertas bajan a empujones y corren en distintas direcciones. Me irritan las multitudes y caigo en el juego. Me dirijo a la escala mecánica como si la gente fuera un camuflaje y no sé de qué me escondo. - ¡No quiero vivir así, no quiero ser como ellos! -, pienso mientras subo observándolos a todos como máquinas.

 Unos metros bastan para salir de la muchedumbre. Respiro hondo y vuelve la tranquilidad, pero me voy a un rincón para estar solo. Aún dispongo de unos minutos y con un pañuelo seco mi transpiración. No quiero salir a la calle todavía y recorro la estación a paso cansino. A propósito, me detengo en las pastelerías para matar el tiempo. También me detengo en el lugar que vende libros usados para buscar otra copia de mi libro. Por años he hecho lo mismo y no encuentro otro ejemplar. Tampoco lo he visto en manos de otra persona. Miro y no hay poetas entre la gente. Solo existen los que corren a sus trabajos con rostros sombríos y huyendo de algo que los devora. No sonríen - ¿son los poetas llamados a eliminar tristezas? -, me pregunto y no hay respuesta. Todos debieran ser poetas. Salgo a la calle y el sol golpea mi rostro. Es un día de primavera y más tarde hará calor. El ruido de las micros ensordece. El comercio abre sus puertas y yo corriendo como el resto - ¿cuándo dejaré de correr? -. Esta no es la vida de un poeta. Necesito conectarme con uno y no volverme loco. Quiero cambiar la rutina de mi existencia. - ¡Sentirme y ser poeta, esa es mi misión! -. Pero uno de verdad y tal cual fueron Huidobro, Neruda y la Mistral. Añoro el silencio y escribir. Aquí no se puede, de eso estoy seguro - ¡¿dónde está ese lugar?, ¿no hay nadie que pueda aconsejarme?! -.

En esta ciudad jamás encontraré paz, pero vivo en ella y debo aceptarlo. Tengo que llegar a mi trabajo, soy parte de la masa que arrolla todo sin piedad. No sé por qué camino lento y los apurados me apartan de su camino. No existe la magia para ellos, en cambio yo la encuentro en cada esquina. Están los vendedores ambulantes gritando con aire pintoresco. De una podría escribir un verso sobre ellos y los demás no se dan cuenta. Están ciegos, ni siquiera en sueños imaginan que de cualquier cosa surge un poema. De los edificios y calles, incluso del aire que respiramos. La falta de poesía no mata, pero destruye el alma - ¡¿cuándo la gente lo va a entender?! -. No quiero llegar a la oficina. Son años de trabajo, pero me importa un bledo la hora, mi puesto o mi jefe. Renuncio, desaparezco o me voy y para el caso da lo mismo. No resisto la vida sin poesía.

 A unos metros veo gente reunida y me acerco. Entre ellos un hombre lee La Biblia en voz alta. Lo hace con convicción, valentía y noto seguridad en su discurso. No es un poeta, al menos no como los que busco, pero es el más parecido a uno que he visto esta mañana. No teme al ridículo y provoca atención. Unos lo miran como si estuviera loco, otros pasan de largo. Pero también están los que lo escuchan y les llega su palabra.

Me quedo unos minutos y noto algo distinto en mi interior. Luego me alejo y me persigue por cuadras la imagen del pastor. Un impulso irresistible hace que me detenga en medio de la peatonal y abra mi libro en la primera de sus páginas. Comienzo a recitar en voz cada vez más alta y la gente se aglomera a mi alrededor. Veo sus rostros incrédulos, pero me siento libre y como nunca antes. Algo me dice que esta es la poesía que he buscado. La gente me aplaude y eso me halaga. Me piden que siga recitando. Nada me produce más placer. Me emociona que a la gente le guste. No me interesa nada más y esto es lo que quiero hacer sin importar las consecuencias. Recién ahora comprendo lo que es la poesía. El todo o nada y con cada línea, con cada rima me siento más poeta. Soy feliz y es lo único que importa. 

 06-06-2016

Saludos.  

miércoles, 12 de octubre de 2016

La Raza Mapuche

Para entender Chile y su idiosincrasia, debemos conocer a sus pueblos originarios. Son varios los pueblos prehispánicos que habitaron este territorio con anterioridad a la llegada de los españoles. Por ejemplo: encontramos en el norte a un pueblo Aymara parte del Imperio Inca y en el sur al pueblo Ona o Kawescar recorriendo los canales australes y que impresionan por su cultura pesquera y cazadora en tan inhóspitos lugares cómo lo son aquellos cercanos al Cabo de Hornos. Tampoco podemos olvidar a los Rapa Nui de Isla de Pascua como una cultura polinésica distinta y tal vez ajena a las demás del continente. Todas culturas valiosas y dignas de ser preservadas, pero la que tal vez define con más fuerza el carácter nacional es la raza Mapuche o "gente de la tierra" cómo dice su origen etimológico. Fueron llamados " araucanos " por los españoles, nombre por el que fueron conocidos hasta hace poco y del cual ellos reniegan pues consideran verdadero el nombre que su nación tenía antes de la llegada de los conquistadores. Y fue precisamente un conquistador, don Alonso de Ercilla y Zúñiga, el que primero da a conocer a esta raza indómita en su poema épico y obra maestra del siglo de oro " La Araucana ": "La gente que produce esta tierra es tan granada, tan soberbia, gallarda y belicosa, que no ha sido por rey jamás regida ni a extranjero dominio sometida". No quiero hacer una alocución patriótica ni menos gritar lo orgulloso que me siento de ser chileno. Tan solo quiero dar a conocer lo que significa para un pueblo resistir por casi cuatrocientos años al Imperio Español primero y a Chile después como Estado soberano. Es fácil investigar y hacer un relato historiográfico de lo que fue la Conquista de Chile. De la llegada de Almagro y Valdivia, de Michimalonco y la destrucción de Santiago. Podemos hablar de Lautaro y sus hazañas, de Caupolicán, de la muerte de Valdivia en Tucapel, en fin, llegar hasta el desastre de Curalaba en 1598. Pero, ¿qué pasó después con los mapuches?. Son pocos los que realmente se han empapado con la historia de este pueblo en los siglos XVII, XVIII y XIX. Con la batalla o desastre de Curalaba, termina el período en la Historia de Chile denominado "Conquista" y se inicia otro llamado " Colonia". Esta fue una derrota mayúscula para la corona,  marcada por la muerte del gobernador Oñez de Loyola y la destrucción de las principales ciudades del sur. La primera reacción española fue responder con la misma moneda y su primera táctica lo que podríamos denominar una "política del terror" que consistía en una guerra despiadada que buscaba el sometimiento y esclavitud de los indigenas. Lo anterior trajo como consecuencia una mayor fiereza y resistencia por parte de los mapuches e intereses comerciales creados en el mercado de esclavos. Dicha estrategia fracasó y se pasó a otra defensiva que reconocía una frontera en el río BíoBío.Esto implicó un reconocimiento tácito además de la independencia mapuche. El ejército español, durante este período, solo marcó presencia en defensa de esta frontera. Se intentó sin éxito evangelizar a los mapuches provocando más apego aún a sus costumbres y cultura. En 1625, y por directrices del mismísimo rey Felipe IV de España, se volvió a una política ofensiva con victorias y derrotas sucesivas para ambas partes, más bien, parecida a una guerra de desgaste sin victorias concluyentes para ningún bando. Lo anterior derivó en los "Parlamentos": reuniones acordadas en un punto neutral dónde se discutían términos de paz. El primero de ellos fue en 1641 a instancias del Gobernador Francisco López de Zúñiga y Meneses. Por un lado se reconoció la independencia del pueblo mapuche,  y por el otro la soberanía española en los territorios al norte del Bío Bío, todo con la intención de lograr una paz duradera. Los "Parlamentos", o verdaderos tratados de paz, funcionaron hasta el alzamiento general que lideró el Mestizo Alejo en 1655 y que fue provocado por los malos manejos del Gobernador Antonio de Acuña y Cabrera. En este alzamiento tampoco hubo un claro ganador y la guerra se estancó en una paz inestable y precaria llena de incursiones o ataques relámpagos tanto por parte de españoles como de mapuches. Dicha situación se mantuvo hasta fin de siglo y continuó hasta el siglo XIX. Fue en este período que se reconoció y estabilizó una frontera y se privilegió el comercio con los indigenas. Esto trajo cómo consecuencia un decaimiento en su espíritu guerrero, además, de una merma en su población derivada de enfermedades europeas y alcoholismo. No hubo cambios en todo el período colonial. Chile conquistó su indepencia y no fue hasta 1862, es decir ya bien entrada la República, que el gobierno inició acciones militares con la intención de incorporar definitivamente este territorio a su soberanía. Se inicia una guerra de conquista que duró diecinueve años y con la táctica de ir ocupando territorio y fundando ciudades. Así surgieron Angol, Temuco y Villarrica en la segunda mitad del siglo XIX. A diferencia de la conquista española, que era de explotación económica y comercial, la chilena buscaba el poblamiento y ocupación del territorio. Se necesitaban las tierras y no a los indigenas, sin embargo, y contrario a lo que sucedió en Argentina, en Chile la fama guerrera asociada a las hazañas de sus líderes, mitología ya enraízada en el pueblo chileno cómo inspiración y ejemplo de bravura, impidió su exterminación. Y así fue como solo hasta 1881 se incorporó el territorio mapuche definitivamente a la soberanía de Chile, historia que nos relata cómo un pueblo que sin duda no tuvo la importancia cultural de Incas, Mayas o Aztecas, fue capaz de luchar por su libertad con valentía y tozudez durante casi cuatrocientos años. Repito que mi intención no es hacer una alocución patriótica, si no más bien, dar a conocer al único pueblo originario de América que resistió con éxito y contuvo a la conquista española. Saludos.

sábado, 10 de septiembre de 2016

La Universidad

Chile vive una ola de movilizaciones  sin precedentes  y tienen su origen en el sistema de Educación Superior que  impera en el país. Hay consenso en el sentido de que la Educación no puede transformarse en un negocio y, por lo tanto, las entidades dedicadas a la enseñanza profesional no deben tener fines de lucro. Vemos cómo distintas casas de estudios se preocupan más de fabricar  profesionales  (y en las áreas con más demanda) que de hacer una correcta "Universidad". Cada Marzo gastan millones en publicidad y van a la "caza" de estudiantes o "clientes" considerando a la Educación  un bien más de consumo. La clase media se endeuda de por vida para que sus hijos (primera generación en la Universidad) tengan acceso a un título profesional que les garantice mejor futuro. Es un sistema en el que es imposible hacer "Universidad" y para entender   este concepto debemos volver a los orígenes: Etimológicamente, la palabra proviene del latín "Universitas" y significa "todo", "entero" o "universal". Se entendió ya desde aquella época que para existir una "Universidad" se deben dar los siguientes requisitos: 1.- Sentido Corporativo: En Roma se le denominaba "Collegium" o Corporación a todas aquellas agrupaciones dedicadas a una actividad común. Cuándo dichas entidades tenían por objeto el estudio y el saber, se les denominó "Studium" o "Universitas". Conformaban entidades jurídicas independientes,  distintas de sus integrantes y  capaces de actuar por sí mismas en el mundo del Derecho. 2.- Universalidad: La Universidad fue un concepto expandido por toda Europa y  abriò sus puertas tanto a maestros como a estudiantes  sin importar su procedencia, lengua o nación. Usaron al latín cómo idioma unificador de la cultura, además, sus títulos refrendatorios de conocimiento reconocidos universalmente. Como consecuencia de lo anterior, aquellos títulos permitieron enseñar en cualquier parte. 3.- Ciencia: El estudio debe abarcar a la totalidad de las ciencias y disciplinas convergentes en la unidad del saber. En este sentido, se le dio en un comienzo una importancia preponderante a las llamadas artes liberales, es decir, oficios que proporcionaban a quienes los ejercían "Libertad". 4.- Autonomía: En dos sentidos. En primer lugar desde una perspectiva académica se debe contar con la objetividad de la ciencia en orden a establecer leyes y métodos. En segundo lugar, y derivado de su función social, requiere de independencia en relación con otras entidades o gobiernos. Para eso necesita un estatuto jurídico especial. Por último, la Universidad no es solo un ente transmisor de conocimientos, sino que también es "Alma Mater", es decir, una entidad generadora de saber y capaz de transformar al hombre por medio del estudio y la ciencia. Es importante no engañarnos a nosotros mismos y brindarle la categoría de "Universidad" a una  entidad que no lo es. Si una institución coloca en su puerta un letrero que diga "Universidad", no significa que lo sea. Es siempre útil recurrir a los orígenes para entender el correcto alcance de  los términos, conceptos y valores que han hecho de nuestra cultura lo que es. Saludos.

lunes, 22 de agosto de 2016

Hemingway: La vida de los autores y su obra

Una de las grandes, o tal vez más importante, de las preguntas que hacen los estudiosos de la literatura es: ¿cuánto hay de la vida del autor o la realidad en sus obras? A veces esta pregunta es imposible de contestar pues nos encontramos con autores que desde una torre de cristal, dan rienda suelta a su imaginación y crean mundos, tramas y personajes absolutamente ficticios. Otras veces nos encontramos con creaciones complejas y, no obstante tener conciencia que existe un vínculo, no hay más remedio que sumergirnos en la psicología profunda del escritor y sus personajes para encontrarlo. Sin embargo; toda regla tiene una excepción y en este caso la excepción es de una importancia tal que se hace casi imposible diferenciar  ficción de realidad. Me refiero a Ernest Hemingway. Lo primero que salta a la vista son las experiencias bélicas que tuvo Hemingway en el transcurso de su vida y en más de un conflicto. De aquí nacen obras fundamentales como "Adiós a las armas", resultado directo de sus vivencias como chofer de ambulancia en el frente italiano durante la Primera Guerra Mundial. Tan es así, que él mismo es herido al igual que el protagonista y estuvo convaleciente varios meses. Mención aparte merece su obra maestra "Por quién doblan las campanas", novela ambientada en plena Guerra Civil española y que relata la ofensiva de Segovia. El amor que siente el premio nobel por España y sus toros queda manifiesto en la narración puesto que es producto de sus largas estadías en  la península. En esta línea  hay relatos como "El anciano del puente" y "La capital del mundo". Tampoco podemos olvidar su obra "Islas en el Golfo", este libro nace de la incursión en su yate particular persiguiendo submarinos alemanes en aguas cubanas durante la Segunda Guerra Mundial. Pero la fascinante vida de Hemingway no se limita solo a las guerras de su tiempo. En París forma parte de la denominada Generación Perdida y a la cual también pertenecen Scott Fitzgerald, John Dos Passos y William Faulkner. Bajo el mecenazgo de Gertrude Stein y Ezra Pound, forman un grupo potente desde el punto de vista literario y también rebelde a los convencionalismos puesto que reina en la creación, un ambiente de juerga y alcohol. Fue en esta época, la década del veinte, que la carrera de Hemingway despega. Encontramos relatos como "En nuestro tiempo" (1925); "Hombres sin mujeres" (1927) y "Nada para el que gana" (1933). Imposible no referirse a su afición a la pesca y caza mayor, a los innumerables safaris de los que formó parte y que también marcan lo prolífico de su trabajo. Encontramos obras importantísimas en su legado literario y consideradas por la crítica como obras universales que nadie puede dejar de leer. Destacan "La corta y feliz vida de Francis Macomber", "Las nieves del Kilimanjaro" y "Las verdes colinas Africa" (1933). La importancia de la obra de Ernest Hemingway se basa, principalmente, en los temas abordados que, a su vez, son producto de su experiencia. El amor, la guerra, la naturaleza y la pérdida son una constante. Muchos creen que su vida fue un instrumento de marketing y reniegan de su obra. Sostienen que  la leyenda que el mismo Hemingway forjó sobre su persona sobrepasa a la importancia de su legado literario. Sin embargo, lo anterior no es el propósito del post. No pretendo juzgar su obra, más bien intento mostrar cómo la literatura, a veces, no es pura ficción. Hay oportunidades en que personajes y  escritor se confunden a tal punto que es imposible diferenciarlos y no existe ejemplo más patente para  el caso que Ernest Hemingway. Saludos.

sábado, 6 de agosto de 2016

Los Siete Sabios de Grecia

La filosofía consta de dos vertientes: una que se ocupa de la naturaleza y otra que trata del hombre y su conducta. En Grecia se dividió en antes y después de Sócrates siendo con la ciencia una sola área del conocimiento. En el comienzo se caracterizó por la curiosidad en el cosmos. Tales de Mileto quiso responder a la pregunta: "¿de qué está hecho el mundo?". Lo percibió en constante movimiento, pero desarrolló un método para encontrar permanencia y unidad. Esta unidad la encontró en procesos lógicos y no en los sentidos. Concluyó que el mundo era primero agua y humedad. Anaximandro tuvo un pensamiento más elaborado. El mundo era un conjunto de fuerzas antagónicas y en constante lucha entre sí. A este mundo lo llamó "apeiron". Anaxímenes encontró en el aire al elemento fundamental. En el sur de Italia se desarrolló una escuela cuyo máximo exponente fue Pitágoras de Samos. Fue el primero que vio en los números a elementos fundamentales, es decir el universo o "kosmos" era un conjunto de fenómenos explicables mediante leyes matemáticas. Heráclito rechazó la teoría de la unidad, nada nace o muere si no que se transforma. El pensamiento de Heráclito fue combatido por Parménides que pensaba que la verdad podía ser solo conocida por procesos mentales de abstracción. Utilizando la lógica y la metafísica concluyó que tenía que existir un elemento único e inalterable. Demócrito concibió a este elemento primordial cómo diminutos cuerpos sólidos que chocaban y se rechazaban entre sí en un constante movimiento. A estos se les llamó "atomoi". Así les presento a los siete sabios de Grecia. Saludos.

viernes, 29 de julio de 2016

La Belleza

Jamás imaginé que existiera un concepto tan difícil de definir como la Belleza. Cada uno de los millones de seres humanos que habitan el planeta, tiene una apreciación diferente acerca de lo que es bello y lo que es feo. El hombre descubrió la Belleza que le rodeaba y hubo algunos escogidos que la captaron perpetuándola y dan origen a las Artes. También hubo otros que la estudiaron y emitieron juicios sobre ella y de lo que estimaban bello, los Filósofos. Voltaire nos dice: “Preguntad a un sapo lo que es la Belleza, el ideal de lo bello. Os contestará que es la hembra de su especie, con dos ojos gruesos y redondos que resaltan de su pequeña cabeza, con boca ancha y aplastada, con vientre amarillento y piel oscura. Preguntad por la Belleza a un negro de Guinea. Para él consistirá en la piel negra y aceitosa, los ojos hundidos y una nariz chata. Preguntadle al diablo y os contestará que la Belleza consiste en un par de cuernos, cuatro garras y una larga cola. Consultadlo por fin, a los Filósofos y os contestarán por medio de galimatías o lenguaje confuso, que no comprenderéis porque le falta algo que este conforme con el Arquetipo de lo Bello en su esencia.” El filósofo alemán Alexander Baumgarten crea la palabra “Estética” con la cual define a aquella disciplina que trata de lo bello. Dicha disciplina tiene como función el estudio de los Valores de la Belleza, abarcando el análisis de la formación del buen gusto. El Arte, al igual que la Belleza, es un concepto difícil de definir. Todos los autores al intentar darnos una idea de lo que es, recurren a su origen etimológico. La palabra Arte deriva del latín “Ars”, el que a su vez proviene de la raíz “Ar”. Esta palabra significa: “Juntar cosas en un conjunto armonioso”. Con el pasar del tiempo este concepto estuvo presente en todas las lenguas y culturas significando: “Hacer las cosas bien”. Arte: “Toda actividad o habilidad reglamentada por la cual algunos Hombres persiguen ciertos fines, como así también, conocen las Reglas y resultados de cada actividad o habilidad.” Si vamos al diccionario nos encontramos con la siguiente definición: “Es un acto mediante el cual, valiéndose de la Materia o de lo visible, el Hombre expresa lo material o inmaterial y crea, usando o copiando su fantasía.” De lo anterior se deriva que el concepto no siempre gira en torno a la Belleza, sino más bien en torno a “hacer las cosas bien”. El Arte nació junto al ser humano plasmándose en sus primitivas expresiones como ocurre con el Arte rupestre de las cavernas. Luego deriva, en sucesivos Siglos de Oro dónde la expresión humana alcanza su esplendor con todo el genio, habilidad, sabiduría y conocimiento acumulado. Saludos.

jueves, 21 de julio de 2016

Pensamiento ("El alojamiento del deseo" Salvador Dalí)

Tengo sueño y es temprano. No acostumbro a madrugar después de unas buenas vacaciones. Quiero empezar a trabajar, pero hace falta otra taza de café. Miro alrededor y mis ojos se fijan en la reproducción de Dalí que cuelga en la pared. No soy un entendido en arte, sin embargo este cuadro me gusta y por primera vez me pregunto por qué. Recuerdo el día que la compré: fue en una exposición de Dalí. La escogí por eso, tan solo porque era de Dalí, no hubo ningún criterio artístico. De vuelta en Chile la enmarqué y la colgué. La miro y siento orgullo por mi buen gusto. Si llega alguien no es raro que se quede por segundos contemplándola. Es un cuadro surrealista con cabezas de leones incrustadas en huevos blancos. No sé qué significan, pero me atraen. Más atrás hay personas junto a unas manos y jarrones. A lo lejos se observa un castillo, pero estos son detalles que si no los aprecias con detención pasan inadvertidos. ¡Las hormigas!, están en un huevo amontonadas! Ellas son las que me asombran. Si parecen reales, las veo caminando y comiendo un insecto. Recuerdo que en mi niñez me gustaba mirar las hormigas en el jardín de mi casa. Dalí las pintó con paciencia, no fue un trabajo fácil. Incluso los pintores famosos necesitan pintar hormigas para destacar. Nunca me interesó el arte moderno, sin embargo este cuadro me gusta y a la vez no lo entiendo. Son extrañas las sensaciones que provoca y supongo que en eso consiste el arte, en que los sentimientos fluyan a través de una pintura, un libro o una escultura. Ojalá visite pronto otro museo y pueda comprar otra reproducción como esta. Saludos.